La Epifanía según la Beata Ana Catalina Emmerick

¿Alguna vez te has hecho preguntas acerca de la vida cotidiana de Jesús o de María? Yo soy una persona muy curiosa, y seguido lo hago. He compartido antes que, gracias a unos amigos, conocimos mi esposo y yo las Revelaciones de Santa Brígida, junto con las devociones que propone. Estas han sido de mucho provecho espiritual para nosotros, y frecuentemente hablo de ellas.

En una de esas ocasiones lo estaba platicando con mis papás, y mi papá me recomendó mucho leer La Vida Oculta de la Virgen María, un libro que narra las revelaciones que tuvo la Beata Ana Catalina Emmerick a lo largo de su vida, y que fueron recopiladas por el escritor Clemente Brentano. Lo acabo de empezar, pero está resultando ser otro tesoro para mí. Por eso quiero compartirte ahora en fecha de la Epifanía, algunas cosas que relata la Beata Ana Catalina acerca de este acontecimiento.

Nota: La Iglesia Católica considera las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick como revelaciones privadas, que pueden ayudar a la devoción personal, pero no forman parte de la doctrina oficial. Esto quiere decir que no son dogma de fe, no tienen el mismo peso que las Escrituras, y nadie está obligado a creerlas. Sin embargo, si se leen con prudencia pueden ser de gran ayuda espiritual, y nos pueden ayudar a amar mejor a Cristo.

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Los Reyes Magos se mencionan en la Biblia, y son personajes importantes en el relato del nacimiento de Jesús, pero conocemos pocos detalles sobre ellos. De acuerdo a la tradición y a las visiones de la Beata Ana Catalina, el linaje de los Reyes Magos no es judío ni israelita, sino que proviene de un pueblo sabio que estudia las estrellas. 

También según las visiones, estos hombres son descendientes de Job, y sucesores directos de 3 hermanos, que a través de las generaciones se fueron mezclando con diferentes linajes, por lo que físicamente son muy diferentes entre sí. Los pueblos a los que pertenecen son observadores de las estrellas, en ellas ven profecías y visiones reveladas por Dios acerca del Mesías, a quien se refieren con cariño como “El Niño de la Promesa”. Estos pueblos esperan y anhelan la venida de Nuestro Salvador.

En la tradición cristiana, el hecho de que los Reyes no sean judíos representa que Jesús viene no para un solo pueblo, sino para toda la humanidad. Por eso se dice que la Epifanía es la manifestación de Cristo a todos los pueblos.

Los Reyes Magos representan también la búsqueda sincera de Dios: observando, preguntando e investigando… Simbolizando a quienes están abiertos a la verdad y se dejan guiar por los signos de Dios.

La Biblia no menciona sus nombres, pero en la tradición cristiana nos referimos a ellos como Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos nombres son simbólicos, utilizados como catequesis para comprender mejor la historia de la Salvación. En las visiones de Ana Catalina se llaman Mensor, Sair, y Zeokeno (este detalle aunque puede llegar como una sorpresa para muchos de nosotros, no cambia los hechos reales por lo que no es tan relevante como pudiera parecer).

Estos Reyes vivían a días de camino de distancia entre ellos, y al observar las estrellas recibieron al mismo tiempo el anuncio del nacimiento del Rey recién nacido que sería el Redentor de la humanidad, por lo que se reunieron inmediatamente para hacer el camino juntos. En sus pueblos, muchos podían leer las estrellas de esta manera, por lo que ellos pensaban que toda la humanidad conocía estas revelaciones y que todos estarían adorando ya al “Niño de la Promesa”, que sería el Redentor. 

Originalmente habían calculado un viaje de 60 días, viajando 12 horas en cada día, pero su viaje solo duró 33 días, porque hacían jornadas muy largas, sus animales eran rápidos, y seguido viajaban de noche.

Sus tribus se distinguían entre sí un poco por su manera de vestir: sus mantos y kaftanes eran de diferentes tonos y largos, y sus piezas de la cabeza eran de diferentes tipos. Todos usaban sandalias, y los de mayor rango usaban sables o cuchillos en su cinto, y se colgaban cajitas y bolsas. Sus criados y camelleros usaban ropa muy sencilla.

Cada Rey Mago trajo consigo en el viaje a 4 parientes o amigos de su familia y a varios criados. Iban preparados con todo lo necesario para el camino, y lo distribuían justamente entre todos los miembros de la caravana. Eran extremadamente ricos y generosos, y debido a esto, muchas personas se les unían en el camino, algunos solo con la intención de obtener algo de ellos, ya que se encargaban de alimentar a todos y pagar espléndidamente cualquier servicio ofrecido. La Beata Ana Catalina menciona que su caravana llegó a ser de 200 personas en algunos puntos del viaje.

La estrella que siguen es en realidad un ángel de Dios. Se mueve, cambia de color, y a veces está escondida o entre niebla. Ellos la siguen con ilusión. Esta estrella es apreciada por otros pueblos como un fenómeno natural impresionante y hermoso, pero a nadie le hace sentido como a ellos.

Creo que los detalles que nos comparte Ana Catalina pueden ser de gran utilidad para comprender mejor el contexto y la época, pero sobre todo para conocer con mayor profundidad a la Sagrada Familia, y a estos Reyes Magos, que al instante dejaron todo para conocer y seguir a Jesús.

Espero que este relato te enamore y te acerque más a Dios, y que puedas rescatar datos interesantes para compartir con tu familia.

Estos siguiente párrafos están copiados del libro, que estoy segura que te darán muchas ganas de leer completo. En él podrás encontrar más detalles de la vida de Jesús, María y José. Entre paréntesis ( ) vienen algunas de mis notas. Estos párrafos están seleccionados de entre todo el relato, por lo que en el libro hay mucha más información. 

Desde ahorita me disculpo por la longitud, traté de incluir solo los párrafos más importantes pero como quiera el texto es muy extenso. Te comparto lo que me gustó: 

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Esta noche estuve de nuevo con la caravana de los Reyes; nunca podría decir bastante lo que me edifican el orden, la alegría y el piadoso entusiasmo con que hacen todo.

Toda la noche seguimos detrás de la estrella, que aquí toca la tierra con su larga cola. Estos buenos hombres la miran siempre con paz y alegría y hablan entre ellos desde sus monturas. ¡Y qué orden más bonito tiene la caravana! Siempre va delante un gran camello con arcas a ambos lados de la joroba. Sobre ella extienden grandes alfombras, y encima se sienta el jeque con un venablo y un saco al costado. Luego siguen animales más pequeños, parecidos a caballos o burros grandes, que llevan encima entre paquetes a los hombres de este jeque. A continuación sigue otro notable a camello y así sucesivamente.

Todo pasa tan suave y dulcemente como en un sueño tranquilo. Entonces tuve otra vez una meditación muy bonita: Esta buena gente todavía no conoce al Señor y sin embargo van a él tan amistosos, ordenados y elegantes, y en cambio nosotros, a quienes ha salvado y nos ha cubierto con montones de gracias, qué desordenadas, confusas e irreverentes hacemos nuestras procesiones.

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Mientras los Reyes descansaban en Causur, María ha tenido una visión acerca de la aproximación de los Reyes Magos. Vio también que querían erigir un altar al Niño. Se lo contó a José y a Isabel (que estaba de visita) y les dijo que hicieran el favor de despejar la Cueva del Pesebre y prepararlo todo para recibir a los Reyes en el momento oportuno.

Vi también que José empezó a ordenar y limpiar muchas cosas de la Cueva del Pesebre, la cueva contigua y la tumba de Maraha, y que también ha metido provisiones dentro. Esperaban la visita de Ana (la madre de María) y, según las visiones de María, los Reyes llegarían pronto.

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Vi que la caravana de los Reyes llegó a una ciudad pequeña y diseminada. Muchas casas estaban valladas con setos altos y cerrados; me pareció que éste era el primer pueblo judío de su camino. Los Reyes estaban aquí justo en línea recta a Belén, pero se desviaron a la derecha, posiblemente porque no hay carretera por otro sitio. Cuando llegaron a este lugar se pusieron muy contentos y empezaron a cantar muy bien y muy alto, pues aquí la estrella brillaba extraordinariamente clara y era como un claro de luna a cuya luz se podían ver claramente las sombras. Sin embargo, parecía como si los habitantes no la vieran o no le dieran especial importancia.

Por lo demás, la gente era buena y sumamente servicial. Algunos viajeros se bajaron de los animales y los habitantes les ayudaron a abrevar los animales. Me acordé de los tiempos de Abraham, cuando todos los humanos eran tan buenos y serviciales. Muchos habitantes guiaron la caravana por la ciudad llevando ramas y fueron un trecho con ellos. No siempre vi lucir la estrella delante de ellos, pues a veces estaba muy oscura; era como si brillara más donde vivía gente buena. Cuando los viajeros la veían brillar con mucha claridad en alguna parte se emocionaban mucho y creían que quizá estaría allí el Mesías.

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Hoy vi que los Reyes descansaron aquí, pero estaban muy acongojados porque al igual que en la ciudad anterior, nadie quería saber nada del rey recién nacido, a pesar de que los oí contar muy cordialmente a los habitantes muchas cosas sobre las causas de su viaje.

Al anochecer la estrella estaba cubierta de niebla, pero cuando se hizo de noche volvió a aparecer tan clara y grande entre las nubes que se retiraban, como si estuviera muy cerca de la tierra, que los Reyes salieron corriendo de su campamento a despertar a los habitantes de los contornos para enseñársela. La gente miraba fijamente al cielo, maravillada y un poco conmovida pero muchos se enfadaron con los Reyes y la mayoría solo buscaba la forma de aprovecharse como fuera de su generosidad.

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Con los arreglos que ha hecho en la Cueva del Pesebre y en la cueva de al lado, José está preparado para acoger y recibir a los Reyes, cuya llegada María vio en visión por primera vez cuando aquellos todavía estaban en Causur. José y María se trasladaron con el Niño Jesús a la otra cueva. La Cueva del Pesebre quedó ahora completamente despejada; solo habían dejado en ella el asno y habían sacado hasta el fogón y el soporte para hacer la comida.

Ya estaban otra vez con María muchos curiosos de Belén que venían a ver al Niño, quien se dejaba tomar tranquilamente por algunos, pero se apartaba llorando de otros.

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Vi a la Santísima Virgen tranquila en su nueva morada, que ahora estaba instalada muy cómoda; su lecho estaba junto a la pared. El Niño Jesús está acostado a su lado en un canasto alargado, tejido con cortezas anchas, que tiene capota por encima de la cabeza y que descansa en un soporte en forma de horquilla. El lecho de María y el moisés de Jesús estaban separados del resto de la habitación por un biombo de maderas entrecruzadas.

De día, si no quería estar sola, se sentaba delante del biombo con el niño al lado. El lugar de reposo de José estaba también separado en un lado apartado de la cueva. En una tabla que salía de la pared había una olla con una lámpara encendida dentro, situada a tal altura que la luz alumbraba por las dos aberturas a los costados. Vi que José le trajo a la Virgen un recipiente con algo para comer, una jarrita y agua.

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Ana ha llegado a la cueva. He visto que María ha puesto a su madre el niñito en brazos y ésta se ha emocionado profundamente. Ana lloraba con la Santísima Virgen y las dos se interrumpían para acariciar al Niño Jesús.

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Hoy he vuelto a ver a la Santísima Virgen en la Cueva del Pesebre y a Jesusito acostado otra vez en el pesebre. Cuando José y María están solos con él, los veo adorarlo muchas veces; y ahora también vi así a la madre Ana y la Santísima Virgen, de pie junto a la cuna, piadosamente inclinadas, mirando a Jesusito con mucha devoción y muy recogidas.

Ana había traído cosas para la madre y el niño, colchas y fajas. A María ya le han dado mucho desde que está aquí, pero su entorno sigue estando pobre porque enseguida vuelve a dar todo lo que no sea imprescindible. Oí que contó a Ana que pronto vendrían los Reyes de Oriente y traerían grandes regalos que podrían despertar admiración. Creo que cuando vengan los Reyes Magos, Ana se irá a casa de su hermana, a tres horas de aquí, y volverá después.

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Los Reyes Magos iban sentados en camellos con dos jorobas, entre las cuales había toda clase de paquetes; otros tres dromedarios estaban cargados con paquetes y los camelleros iban sentados encima.

La llegada de una caravana tan grande por esta carretera (a Jerusalén) era muy insólita en esta época del año, pues no era día de fiesta y tampoco llevaban ningún negocio. Los Reyes contaban por qué venían a quienes les preguntaban: hablaron de las estrellas y del niño recién nacido. Aquí nadie sabía del asunto y ellos se quedaron muy abatidos y ahora sí que creyeron que se habían equivocado, pues no encontraban a nadie que pareciera saber de la Salvación del mundo. Toda la gente les miraba muy asombrada y nadie podía entender qué querían.

Pero cuando los guardianes de la puerta vieron que daban amablemente importantes limosnas a los pertinaces mendigos, y oyeron que buscaban alojamiento, que estaban dispuestos a pagarlo espléndidamente y que también deseaban ver al rey Herodes, algunos volvieron a la ciudad y hubo un variado trajín de idas y venidas, mensajes, informes y aclaraciones en ambos sentidos.

Entretanto, los Reyes conversaban con la gente de toda clase que se había congregado a su alrededor. Algunos sabían un rumor acerca de un niño que debía haber nacido en Belén, pero éste (Jesús) no podía ser porque sus padres era gente pobre y común. Otros se reían de ellos y, por lo que captaron de las medias palabras de la gente, los Reyes se dieron cuenta que Herodes tampoco sabía una palabra del niño recién nacido y que en general la gente no lo apreciaba. Entonces se abatieron aún más, pues les preocupaba cómo exponer el asunto a Herodes. Pero en su congoja estaban tranquilos, rezaban para que se les aumentaran los ánimos y se decían uno a otro:

"Quien nos ha sacado tan deprisa y nos ha guiado con la estrella, también nos llevará felizmente a casa."

El palacio de Herodes está en alto, no lejos de este edificio, y vi que el camino estaba iluminado con antorchas y braseros en lo alto de postes. Herodes mandó que bajara un servidor para hacer venir secretamente al castillo a Zeokeno, el rey de más edad; eran más de las 10 de la noche. Un cortesano de Herodes lo recibió en una sala de la planta baja y le preguntó el motivo de su venida. Zeokeno le informó con toda ingenuidad, rogándole que preguntara a Herodes dónde estaba el rey de Judea recién nacido cuya estrella habían visto y seguido para venir a adorarle.

Cuando el cortesano le informó de esto, Herodes se quedó muy turbado pero disimuló y mandó que dijeran a Zeokeno que mandaría investigarlo, que ahora fueran a descansar, y que por la mañana temprano ya hablaría con todos para decirles lo que hubiera averiguado.

Cuando Zeokeno volvió con sus compañeros no pudo llevarles ningún consuelo especial. Tampoco encontraron sitio donde descansar, así que mandaron cargar algunas cosas que habían descargado. Esta noche no los vi dormir, sino que algunos anduvieron por la ciudad con guías, mirando al cielo como si buscaran su estrella. Jerusalén estaba tranquilo, pero en la guardia de palacio había muchas carreras e interrogatorios. A los Reyes les crecía la sospecha de que Herodes lo sabía todo pero no quería decírselo.

Cuando Zeokeno estuvo en el palacio, Herodes tenía una fiesta: las salas estaban iluminadas, había toda clase de hombres de mundo así como unas frescas muy arregladas. Las preguntas de Zeokeno por un rey recién nacido turbaron mucho a Herodes, quien enseguida mandó llamar a todos los sumos sacerdotes y doctores de la Escritura. Poco antes de medianoche los vi llegar a verle con rollos de las Escrituras; vestían trajes sacerdotales, la placa del pecho y el cinturón con letras. Vi por lo menos veinte alrededor de Herodes. Les preguntó dónde debía nacer Cristo y vi que le presentaron los rollos y, señalando con el dedo, contestaron:

—En Belén de Judá, pues el profeta Miqueas escribe: Tú, Belén, del país de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá pues de ti saldrá el señor que debe regir mi pueblo Israel».

A continuación Herodes paseó con algunos de ellos por la azotea del palacio, esforzándose inútilmente en buscar la estrella que había dicho Zeokeno. Estaba especialmente inquieto, pero los sabios sacerdotes procuraron persuadirle por todos los medios que no había que tomar en serio las palabras de estos Reyes, pues eran un pueblo aventurero que siempre estaba lleno de fantasías con sus estrellas. Si realmente hubiera algo, lo hubieran sabido antes Herodes y ellos en el Templo y en la Ciudad Santa.

(Al día siguiente) por la mañana muy temprano Herodes mandó traer discretamente a los Reyes a su palacio. Los recibieron bajo un arco y los llevaron a una sala preparada para la bienvenida con ramas verdes, plantas en tiestos y algunos refrescos, donde estuvieron un rato hasta que llegó Herodes. Se inclinaron ante él y enseguida le preguntaron por el rey de los judíos recién nacido. Herodes escondió su inquietud lo mejor que pudo e incluso fingió gran alegría; venían con él algunos doctores.

Interrogó a los Reyes sobre lo que habían visto y Mensor le contó: (...) los Reyes se habían visto a sí mismos y a los demás reyes del mundo entero inclinarse y adorar al niño, pues tenía un reino que sobrepasaba a todos los demás, y otras cosas parecidas.

Herodes les dijo que, efectivamente, en Belén Efratá existía una predicción relativa a ello; que fueran allí enseguida con la mayor discreción y cuando hubieran encontrado y adorado al niño, volvieran a informarle para que también él fuera a adorarlo.

Los Reyes, que no habían probado nada de la comida que les habían puesto, se marcharon. Era muy temprano, pues las antorchas todavía ardían delante de palacio. Herodes estuvo con ellos en secreto a causa de las habladurías de la ciudad. Entretanto despuntó el día y los Reyes se dispusieron a partir. Los compañeros de viaje que habían venido con ellos a Jerusalén ya se habían diseminado ayer por la ciudad.

En el país de los judíos, había desde mucho tiempo atrás personas piadosas aisladas que alentaban muy vivamente la esperanza de que la venida del Mesías se estaba acercando.

Los pastores propagaron ampliamente los acontecimientos ocurridos en el nacimiento de Jesús, pero la gente importante los consideró fábulas y habladurías. 

(Estos mismos pastores se mencionan varias veces en el libro, como buenos amigos de la Sagrada Familia).

Herodes también había oído hablar de ello y por eso mandó investigar en Belén con el mayor secreto. Sus espías estuvieron en la Cueva del Pesebre tres días después del nacimiento de Cristo, pero como hablaron con el pobre San José, informaron como solían hacer los cortesanos: allí solo había una familia pobre en una mísera cueva, y no valía la pena hablar de ello. Desde el principio fueron demasiado elegantes para hablar con San José y, más aún, tenían orden de no llamar la atención.

(Imagínate pasar de largo la oportunidad de encontrarte con Jesús y la Sagrada Familia, solo por considerarlos “pobres y comunes”. Que no nos pase hoy. Jesús mismo nos dice: “Yo les aseguro que lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron.”)

Pero entonces a Herodes se le vino encima de repente la gran caravana de los Reyes Magos que le puso en gran temor y turbación, pues éstos venían de muy lejos y eran más que habladurías. Como le preguntaron con tanta precisión por el rey recién nacido, Herodes simuló deseos de venerarle también y los Reyes se alegraron de ello. (...) Pero cuando los Reyes, advertidos por Dios, no volvieron a visitarle, mandó publicar que su huida era consecuencia de su engaño o de su decepción.

(La estrella guió a los Reyes a Belén por un camino más largo, tranquilo y poco transitado) Marchaban en el mismo orden en que habían venido: Mensor, el atezado, que era el más joven, iba delante y le seguían el castaño Seir, y Zeokeno, el más blanco y anciano. 

Cuando la caravana llegó a Belén, se formó a su alrededor una considerable aglomeración de curiosos. Había desaparecido la estrella y los Reyes estaban un poco inquietos. Se les acercaron unos hombres que les preguntaron. Ellos se bajaron de sus animales y entonces salieron de la casa los jefes y se les acercaron con ramas a ofrecerles un pequeño refresco de frutillas, panecillos y bebida, la bienvenida habitual para los extranjeros de su rango.

Mientras tanto vi que abrevaban sus animales en la fuente, bajo los árboles. Pensé:

—Éstos son más corteses con ellos que con el pobre José porque éstos reparten muchas pepitas de oro.

Les dijeron que el Valle de los Pastores era un buen sitio para acampar, pero tardaron algún tiempo en decidirse. No oí que preguntaran por el rey de los judíos recién nacido. Sabían que éste era el lugar de la profecía, pero tras la conversación con Herodes temían llamar la atención.

Pero cuando vieron brillar un resplandor en el cielo a un lado de Belén, como cuando sale la luna, subieron de nuevo en sus monturas y marcharon por la zanja que discurre entre muros caídos y que rodea Belén a Mediodía hasta su parte oriental, y se acercaron al paraje de la Cueva del Pesebre por el lado del campo donde el ángel se apareció a los pastores.

Entonces, cuando la caravana llegó a la Tumba de Maraha que está en el valle que hay detrás de la Cueva del Pesebre, los Reyes se apearon de sus animales. Su gente desempacó todo y plantaron una tienda de campaña grande que llevaban consigo y con la ayuda de algunos pastores que les indicaban los sitios tomaron disposiciones para levantar el campamento.

Ya estaba parte del campamento instalado cuando la estrella se apareció a los Reyes clara y brillante encima de la colina del pesebre, y la vieron dejar caer verticalmente sobre la loma un chorro de luz torrencial que parecía engrosar al acercarse y que creció hasta convertirse en una masa de luz que me pareció tan grande como una sábana de lino.

Al principio la miraban muy asombrados. Ya estaba oscuro y no veían ninguna casa sino solo el contorno de la colina como si fuera una muralla; pero de repente les invadió una gran alegría, pues vieron en el resplandor la figura refulgente de un niño tal como la habían visto antes en la estrella. Entonces todos se descubrieron la cabeza y expresaron su veneración. Los Reyes dieron unos pasos hasta la colina y encontraron la puerta de la cueva.

Mensor abrió la puerta y vio la gruta llena de luz celestial, y al fondo la Virgen con el niño, sentada justo tal como ellos la habían visto en sus visiones.

Mensor volvió inmediatamente a decírselo a sus compañeros de viaje mientras José salía de la gruta hacia ellos acompañado de un viejo pastor. Los Reyes le dijeron sencillamente que venían a adorar y traer regalos al rey de los judíos recién nacido, cuya estrella habían visto. Jose les dio amistosamente la bienvenida y el viejo pastor los acompañó hasta la caravana y los estuvo ayudando a instalarse. Despejaron para ellos algunos cobertizos de pastores que había por allí.

Los Reyes se equiparon para las ceremonias solemnes que se avecinaban. Se pusieron encima unos grandes mantos blancos de cola larga con brillo amarillento como de seda natural; eran sumamente finos y ligeros y flotaban en torno a ellos; siempre los llevaban en las festividades religiosas. Los tres llevaban a la cintura cinturones de los que colgaban bolsas y cadenitas con cajitas doradas que eran como azucarillos con botones encima; por éso los mantos parecían tan anchos. A cada uno de los Reyes le seguían los cuatro acompañantes de su familia, además de unos servidores de Mensor que llevaban una plancha como una bandeja para exponer cosas, un tapiz con borlas y algunas bandas de tela ligera.

Después siguieron a San José muy ordenadamente a ponerse bajo el porche de delante de la cueva, recubrieron la plancha con el tapiz de borlas y cada uno de los Reyes puso encima algunas de las cajitas y recipientes dora dos que se quitaron de la cintura, que eran los regalos que hacían en común. Mensor y todos los demás se quitaron las sandalias de los pies. José abrió la puerta de la cueva.

Dos jóvenes del séquito de Mensor iban delante extendiendo delante de sus pies una banda de tela por el suelo de la cueva; después retrocedieron. Les seguían muy de cerca otros dos con la bandeja de los regalos. Mensor la tomó al llegar delante de la Virgen, hincó una rodilla y la puso respetuosamente a sus pies encima de un bastidor. Entonces se volvieron los que la habían traído.

Detrás de Mensor estaban en pie los cuatro acompañantes de su familia, humildemente inclinados. Seir y Zeokeno estaban más atrás con los suyos, en la entrada y el porche delante de la puerta. Cuando entraron, todos estaban como ebrios de piedad y emoción y como traspasados por la luz que llenaba aquel espacio, que no era sino la Luz del Mundo.

María estaba más tendida que sentada, con un brazo apoyado en una alfombra, a la izquierda del Niño Jesús que estaba acostado en una artesa recubierta con un tapiz, puesta sobre un bastidor en el lugar del nacimiento enfrente de la entrada. Pero en el momento de entrar, la Santísima Virgen se incorporó para sentarse erguida, se bajó el velo, tomó al niño Jesús en su regazo y lo puso ante sí dentro de su amplio velo.

Cuando Mensor se arrodilló y depositó los regalos con conmovedoras palabras de homenaje, inclinó humildemente su cabeza descubierta y cruzó sus manos sobre su pecho. María desnudó la parte superior del cuerpo del Niño, que estaba envuelto en pañales rojos y blancos y al que se le veía brillar tiernamente detrás de su velo; le sujetaba la cabecita con una mano y lo abrazaba con la otra; el niño tenía sus manitas cruzadas sobre el pecho como si rezara. Relucía amablemente y a veces también hacía de modo encantador como si agarrara algo en torno a sí.

—¡Oh, qué espiritualmente rezaban estos queridos hombres del País de la Mañana! Cuando los veía, me decía a mí misma:
—¡Oh, cómo son! ¡Qué corazones tan claros y serenos, tan llenos de inocencia y bondad! ¡Son como corazones de niños piadosos! En ellos no hay nada apasionado y sin embargo están llenos de fuego y amor.

Estoy muerta, soy un espíritu; de lo contrario no podría verlo, pues esto no es ahora y sin embargo es ahora. Pero esto no pasa en el tiempo; en Dios no hay tiempo, en Dios todo es presente. Estoy muerta, soy un espíritu.

Cuando pensaba estas cosas raras, oí que me decían:

¿De qué te preocupas? Mira y alaba al Señor, que es eterno y todo está en Él.

Y entonces vi que Mensor sacó de una bolsa que colgaba de su ceñidor, un puñado de bastoncitos relumbrantes, gruesos y pesados, como de un dedo de largo, con punta por arriba y granitos dorados en el medio, y lo puso humildemente como su regalo junto al Niño Jesús en el regazo de la Santísima Virgen.

María aceptó el oro, lo agradeció amablemente y lo cubrió con una esquina de su manto.

Mensor dio estos crecidos tallitos de oro, porque estaba lleno de amor y fidelidad y buscaba la sagrada verdad con devoción esforzada e inquebrantable.

Cuando Mensor se retiró con sus cuatro acompañantes Sair el castaño se acercó con los suyos. Hincó ambas rodillas con gran humildad y ofreció su regalo con emocionadas palabras mientras ponía en la plancha que estaba delante de Jesús una naveta incensario llena de granos de resina verdosos.

Daba incienso porque seguía amorosamente la voluntad de Dios y se acomodaba reverentemente a ella.

Estuvo arrodillado mucho tiempo con gran recogimiento antes de retirarse.

Después se acercó Zeokeno, que era el más blanco y el más anciano. Era muy viejo y pesado y no intentó arrodillarse, pero estuvo de pie profundamente inclinado y depositó sobre la plancha un vaso de oro con fina hierba verde, un arbolito vertical delgadito y verde, que parecía crecer todavía sobre la raíz, con ramitas rizadas en las que había finas florecitas blancas. Era mirra.

Zeokeno ofrendó mirra que significa autosacrificio y vencimiento de las pasiones, pues este buen hombre había combatido extraordinarias tentaciones de idolatría, poligamia y violencia.

Él y sus acompañantes permanecieron mucho tiempo ante Jesús, muy emocionados, tanto que me daba pena que los otros servidores tuvieran que esperar tanto delante del pesebre para ver al niño.

Las palabras de los Reyes y de todo su séquito eran extraordinariamente emotivas e infantiles; mientras se dejaban caer y presentaban los regalos decían poco más o menos:

Hemos visto su estrella y que este niño es el Rey de todos los Reyes, y venimos a adorarle y rendirle tributo con regalos.

Estaban como completamente arrobados y con una oración infantil y ebria de amor encomendaron al Niño Jesús los suyos, su país y su gente, su hacienda y sus bienes y todo lo que para ellos tenía valor en la Tierra. Que el rey recién nacido quisiera aceptar sus corazones, sus almas y todos sus pensamientos y obras. Que los iluminara y les enviara todas las virtudes; y a la Tierra, felicidad, paz y amor. Al decirlo resplandecían de humildad y de amor y les rodaban lágrimas de alegría por la barba y las mejillas. Eran completamente felices, creían estar dentro de la estrella que desde milenios habían mirado sus antepasados suspirando con tan fiel anhelo.

Tenían toda la alegría de la promesa cumplida después de muchos siglos.

La madre de Dios lo aceptó todo con mucha humildad, dando las gracias. Al principio no dijo nada, pero un sencillo movimiento bajo su velo expresó su alegría devota y emocionada. En su manto brillaba el cuerpecito desnudo de su niño, que ella había envuelto con su velo. Al final, la Santísima Virgen dijo algunas palabras humildes y amistosas de agradecimiento a cada uno mientras retiraba un poco su velo.

—¡Otra vez he aprendido algo!—me dije —. ¡Cómo acepta y agradece cada presente, tan amable y dulcemente!

Ella que no necesita nada, pues tiene a Jesús, acepta con humildad cada regalo de amor.

Pues aquí puedo aprender bien como se tienen que recibir los dones del amor. En el futuro yo también aceptaré todo regalo amable con agradecimiento y total humildad. ¡Ay, qué buenos son María y José; casi no retienen nada para sí y todo lo reparten otra vez a los pobres!

Cuando los Reyes abandonaron la cueva con sus acompañantes y fueron a su tienda, entraron por fin los servidores que habían plantado la tienda y descargado a los animales y ordenado todo, que habían estado esperando pacientemente y con mucha humildad delante de la puerta. Serían más de treinta, y con ellos estaba también una turba de mozos que solo estaban vestidos con taparrabos y envueltos en mantos pequeños. Los servidores entraron de cinco en cinco, guiados por uno de los jefes a los que pertenecían. Se arrodillaban alrededor del niño y le adoraban en silencio.

Al final entraron también todos los chicos juntos, se arrodillaron alrededor y rezaron a Jesús con alegría e inocencia infantiles. Los servidores no estuvieron mucho tiempo en la Cueva del Pesebre, pues los Reyes volvieron a entrar con toda solemnidad. Se habían cambiado de manto y venían envueltos en otros mantos ligeros y flotantes que flotaban ampliamente en torno a ellos. Llevaban incensarios en sus manos, con los que incensaron con gran respeto al niño, a la Virgen Santísima, San José, y a toda la Cueva del Pesebre. Luego se retiraron inclinándose profundamente; era el rito de adoración de aquel pueblo.

Con todas estas cosas, María y José sentían una alegría tan dulce como nunca les había visto y muchas veces corrían por sus mejillas lágrimas de alegría. El reconocimiento y la veneración solemne del Niño Jesús, al que habían tenido que albergar tan pobremente, y cuya altísima dignidad reposaba callada en la humildad de sus corazones, los reconfortaba infinitamente.

A pesar de todas las cegueras humanas, vieron que, por la previsión de Dios todopoderoso, el Niño de la Promesa recibía la debida adoración de los poderosos y la sacra majestuosidad que ellos no podían darle, pero que estaba preparada desde hacía siglos y ahora llegaba desde muy lejos. ¡Ay, adoraban a Jesús con los Reyes, y sus honras los hacían dichosos!

El campamento estaba instalado en el valle que va desde detrás de la Cueva del Pesebre hasta la Tumba de Maraha. Los animales estaban entre cuerdas, en filas junto a unos postes. Junto a la tienda grande que estaba cerca de la colina de la cueva, había también un espacio cubierto con esteras donde guardaron parte del equipaje, pero la mayor parte la llevaron a la Tumba de Maraha, que estaba allí mismo debajo.

Cuando salieron de la Cueva habían salido las estrellas. Se pusieron en coro junto al terebinto que está sobre la Tumba de Maraha y allí tuvieron su culto a las estrellas con cánticos solemnes. Es indecible lo conmovedores que sonaban sus cantos en el valle silencioso.

Sus antepasados habían mirado, rezado y cantado a las estrellas tantos siglos, y hoy se habían cumplido todos sus anhelos. Cantaban ebrios de gratitud y alegría.

Mientras tanto, José y un par de pastores ancianos habían preparado una comida ligera en la tienda grande de los Reyes. Llevaron botellas con bálsamo y bandejitas con panes, frutas, panales de miel y cucharitas con hierbas, y lo colocaron todo bien ordenado en una mesita baja encima de una alfombra; todo esto lo había traído José por la mañana para obsequiar a los Reyes, cuya venida le había anunciado anticipadamente la Santísima Virgen.

Cuando los Reyes y sus parientes volvieron a la tienda después de sus cantos vespertinos, José los acogió amistosamente y les rogó, en su calidad de anfitrión, que aceptaran esta pequeña cena. Estuvo tumbado en medio de ellos en torno a la mesa baja y así comieron. José no era nada tonto, pero estaba tan contento que lloraba lágrimas de alegría.

Después de esta pequeña cena, San José se despidió. Algunos jefes de la caravana fueron a descansar a un albergue de Belén y los demás al campamento que habían preparado en círculos en torno a la tienda grande.

Cuando José volvió al pesebre, puso todos los regalos en un rincón de la pared a la derecha del pesebre y lo tapó con un biombo para que no se viera lo que estaba guardado allí. No vi que la Sagrada Familia contemplase con placer mundano los regalos de los Reyes. Lo aceptaron todo con humilde gratitud y todo lo volvieron a repartir con ternura.

He visto que hoy muy temprano los Reyes y algunos de su séquito visitaron uno tras otro a la Sagrada Familia. Todo el día los vi ocupados en su campamento con sus animales y con toda clase de repartos. Estaban llenos de dicha y alegría y repartían muchos dones, que es lo que siempre pasaba entonces con ocasión de acontecimientos alegres. Los pastores, que habían prestado todos los servicios al séquito de los Reyes, recibieron muchísimos regalos. También los vi hacer regalos a muchos pobres; los vi poner mantos en los hombros de pobres viejecitas que se acercaban despacito completamente inclinadas.

Algunos de los servidores del séquito de los Reyes Magos, a los que les había gustado muchísimo el Valle de los Pastores, querían quedarse aquí y emparentar con los pastores. Presentaron su ruego a los Reyes, que les dieron licencia y ricos regalos: mantas, cacharros, pepitas de oro y hasta los asnos en que habían venido.

Cuando vi que los Reyes repartían mucho pan, pensé al principio ¿de dónde sacan tantos panes? Pero luego me acordé que varias veces he visto en su campamento que de cuando en cuando sacaban unos moldes de hierro que llevaban consigo y preparaban panecillos planos con su provisión de harina; eran bizcochos que luego guardaban apretados en las ligeras bolsas de cuero que llevaban colgando de los animales.

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Hoy ha venido también mucha gente de Belén a ver a los Reyes. Se empujaban por toda clase de regalos, algunos husmeaban en sus equipajes y les sacaban tributos con toda clase de codiciosos pretextos.

Tanto aquí como en Jerusalén, los Reyes padecieron toda clase de molestias a causa del tamaño de su caravana y de la curiosidad que despertaban y, lo mismo que habían llegado como en una comitiva triunfal porque creían que se iban a encontrar a todos festejando jubilosamente al nuevo rey recién nacido, ahora se sentían movidos por la experiencia a salir en grupitos sin llamar la atención para así poder emprender más deprisa el viaje de vuelta. Por eso despidieron hoy a muchos de su séquito, de los que algunos quedaron diseminados por el Valle de los Pastores, y otros se adelantaron a salir para los diversos puntos de reunión.

Por la tarde me quedé admirada de ver cuanto había disminuido ya el número de gente de la caravana. Los Reyes pensaban viajar mañana a Jerusalén para decir a Herodes cómo habían encontrado al niño, pero querían ir discretamente y habían mandado muchos por delante para que el viaje fuera más ligero. Así podrían volver a montar en sus dromedarios enseguida.

Por la noche fueron al pesebre a despedirse. Primero entró Mensor a solas; María le puso el niño Jesús en brazos; Mensor lloraba y estaba radiante de alegría. Después de él entraron los otros dos Reyes y se despidieron con lágrimas. Trajeron aun más regalos, muchas piezas de telas distintas, unas de seda cruda e incolora, otras rojas y otras de tejido floreado, y muchas colchas muy finas. También dejaron sus amplios y delicados mantos que eran de color amarillo pálido y como de lana fina, tan ligeros que los agitaba cualquier soplo de brisa.

Trajeron también muchas tazas apiladas unas encima de otras, varias cajitas llenas de pepitas de oro y, en una cesta, tiestos con plantitas verdes de finas florecillas blancas. En el centro de cada tiesto estaban plantadas tres plantitas, y podía ponerse otro tiesto encima apoyado en el borde. En la cesta iban los tiestos unos encima de otros. Las plantas eran de mirra. También le dieron a José jaulas largas y estrechas con aves; eran las que habían traído colgadas en los dromedarios para sacrificarlas para comer. (Se menciona en otra parte del libro que Santa Ana guardó unos vasos de oro que los Reyes les regalaron, y que después se usaron como cálices en las primeras misas de los cristianos). 

Todos lloraron muchísimo al dejar a Jesús y María. Al despedirse, la Santísima Virgen, que estaba de pie con el Niño Jesús en brazos envuelto en su manto, dio unos pasos con los Reyes hacia la puerta de la cueva; allí se paró, y para dejar un recuerdo a aquellos hombres buenos se quitó el gran velo de delicada tela amarilla que envolvía a ella y a Jesús y se lo entregó a Mensor.

Ellos recibieron este don con profunda reverencia y sus corazones saltaron de alegría y veneración cuando vieron a la Santísima Virgen de pie ante ellos, sin velo y con el niño en brazos. ¡Qué dulces lágrimas lloraban al salir de la cueva! Desde entonces el velo fue para ellos su posesión más sagrada.

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Hasta aquí estos hermosos párrafos compartidos por la Beata Ana Catalina. El relato continúa narrando la manera en la que los Reyes, avisados por un ángel mientras dormían, tuvieron que huir con prisa para no ser interceptados por Herodes, las medidas políticas que se implementaron para tratar de mantener todo bajo control en el pueblo (incluida la prohibición para cualquier habitante de Belén de visitar la Cueva del Pesebre en donde vivían “los extranjeros”), y demás detalles que unen esta historia con la huida a Egipto y el asesinato de los Santos Inocentes. Te invito a leer el libro completo que puedes conseguir en Amazon o descargar en pdf.

Ojalá que el ejemplo de la Sagrada Familia y de los Reyes Magos permanezca en nuestros corazones para que podamos actuar según su ejemplo. También te deseo que en esta Epifanía Cristo se manifieste en tu hogar y que toda tu familia reciba su bendición.

Con cariño, 

Ana Sofía

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